A partir del año 1943 las campañas militares dejaron de ser favorables al IIIer Reich, situación que se vio culminada con la victoria aliada de 1945, por lo que el Vaticano y sus regímenes afines, como el de Francisco Franco, tuvieron, muy a su pesar, que darse un barniz de "modernidad" y adoptar modos y modas menos agresivas para adaptarse a las nuevas circunstancias políticas.
Todo lo que supusiera indicios de pasada colaboración con Hitler fue borrado por arte de birlibirloque de las biografías de muchos ensotanados o uniformados prebostes, y como el Führer había basado gran parte de su discurso en la supremacía racial, la eugenesia y la eliminación de los "indeseables", los ideólogos del nacional-catolicismo se cambiaron de chaqueta y se pasaron al otro extremo. Otro extremo tan intrínsecamente perverso como el de Hitler, como todos los extremos, al fin y al cabo.
Si la película "Plácido" denunciaba, medio en broma, medio en serio, la hipocresía del "siente un pobre a su mesa" y de la explotación comercial de las Navidades, la ingeniería de la compasión puesta en marcha por los franquistas podría tener otro slogan en "exhiba usted a sus enfermos". Con el aborto perseguido como una obra del demonio, muchas familias cuyo nivel cultural no las hacía muchas veces aptas ni siquiera para criar hijos sanos, se vieron arrastradas a los abismos del síndrome de Down e infiernos similares. La aldeana mentalidad de "para eso, mejor que se lo hubiera llevado el Señor" al ver crecer a sus retoños, pronto dio paso a una manera mucho más sofisticada de llenar de traumas las pobres mentes de muchos familiares de enfermos. Surgió el discurso de la "prueba de amor".
No se preocupe, señora, si ha parido un hijo "mongolito" o retrasado mental. Enciérrelo en el sótano de su casa toda la semana, para que no escandalice, pero eso sí, el día de la misa mayor del pueblo vístalo con sus mejores galas y exhíbalo públicamente en la procesión, para que las otras comadres del lugar vean que el Señor le ha enviado una gran prueba de amor, un sufrimiento eterno con el que compararse al propio Cristo en la Cruz. Con discursos como este, enfermedades que teóricamente solo afectaban a una persona, acababan arruinando la salud mental y emocional de todos los que la rodeaban. Se pusieron de moda cuadernillos y manuales, autorizados y recomendados por los señores obispos, con títulos como "el Kempis del enfermo", donde se ensalzaban las "Ventajas del Dolor" que nos servían "para el perdón de los pecados". Escapar a la enfermedad era pecado, y la Ciencia en general era pecado porque nos libraba de sufrir, destino al que según ellos nos había condenado su Dios.
Parecía que en nuestra época, con televisores de alta definición, trenes de alta velocidad, coches de alta gama y artilugios similares, se había por fin impuesto la cordura, y una vez que las derechas habían dejado de ir al United Kingdom para abortar y hasta se divorciaban en público con gran presencia de reporteros, estos problemas eran cosa de teleseries como la de los Alcántara, o solo pasaban en países de los que tan alegremente nos lanzamos a calificar como "subdesarrollados". Pero no. Si se escarba un poquito, bajo la capa de avances llegados desde que España volvió al redil de Europa en 1986, sigue habiendo núcleos profundos de criptofranquismo, que viven en la cultura del dolor.
La cultura del dolor no quiere enfermos del síndrome de Down criados por padres y educadores maduros. Quiere "mongolitos" que exhibir en las procesiones. La cultura del dolor prefiere hijos no deseados a fetos abortados, aunque la joven madre de 18 años no se encuentre preparada psicológicamente para la gran aventura de la maternidad, aunque el hijo acabe percibiendo, cuando crezca, que "no entraba en los planes".
La cultura del dolor prefiere truculentos hospitales convertidos en centros de sufrimiento en vez de centros de sanación. Prefiere alargar inutilmente su tortura a los enfermos terminales que darles un poco de paz en los momentos más trascendentes de su vida. Bajo el espejismo de "sociedad feliz" y de "humanismo cristiano" que se nos vende desde Telemadrid y desde la COPE se esconde la cultura del dolor. Si la gente la vota, sí sera su problema.
lunes 4 de febrero de 2008
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